Dolorosamente, Flavia Araujo ha muerto y fue arrancada de entre sus seres queridos en una circunstancia que nos implica a todos los universitarios. Porque no hay disculpas que valgan cuando una vida se pierde en los espacios donde se espera que ella florezca, se cultive y dé frutos maravillosos, llenos de humanismo, de ciencia y de compromiso para el futuro.
No se puede aceptar que haya muertes en la universidad o por causa de lo que en ella ocurra. Éste debe ser un ámbito completamente libre de la fatalidad deliberada, totalmente protegido de las incidencias que hablan de una tragedia social en la que imperan la violencia, la impunidad y la muerte.
Nada de eso ha de ser tolerado en la universidad. Y no basta lo que se haya hecho para impedirlo. La desaparición súbita y horrorosa de Flavia lo prueba. Es su muerte, dura y vergonzosa para todos nosotros, la evidencia incontestable de que los universitarios no hemos hecho lo suficiente para la promoción efectiva de la civilidad y de una cultura de paz, como nos corresponde como cuerpo organizador del conocimiento para el bienestar colectivo.
Son precisamente estudiantes universitarios los que están encarando a nuestra comunidad, a nuestra sociedad, a todo lo establecido como institución, e interrogándonos sobre la responsabilidad que tenemos en la creación de formas para relacionarnos como ciudadanos y en la construcción del porvenir.
¿Cómo es posible que la vida de alguno de ellos se nos vaya de las manos? Nunca como ahora hemos estado tan obligados a dar una respuesta, no sólo declarativa sino transformadora, real, definitiva. Debemos revisarnos sin demora y producir los cambios internos que impidan la repetición de los hechos que le quitaron a Flavia su derecho a existir y a vivir en paz.
Ello es tarea impostergable de cada uno de los miembros de la comunidad universitaria. En primer término, de quienes tenemos la condición de autoridades rectorales o decanales; y en sucesión corresponsable, de los profesores, los estudiantes y los trabajadores de la universidad; y de los grupos políticos que intervienen en la dinámica interna de la institución.
Pero esta necesidad urgente de bloquear la violencia y la impunidad será incapaz de traducirse en algo confiable, si los representantes e instituciones del Estado siguen contribuyendo a oxigenar la atmósfera de confrontación social que nos está ahogando.
Como ciudadanos y universitarios tenemos que emplazar sin temores a los poderes públicos para que frenen la intolerancia y las consiguientes expresiones de conflicto irracional entre los venezolanos. Y puertas adentro, en la universidad estamos conminados a marginar, de la manera más firme y sin ninguna concesión, toda muestra de irrespeto amenazador a la convivencia pacífica.
Las armas de fuego nunca pueden permitirse en el campus, y la sanción para cualquier universitario que las porte o use, debe ser la expulsión definitiva. A Flavia y al símbolo que trágicamente nos deja, sólo seremos capaces de honrarles cuando, con decisiones a toda prueba, hagamos privar nuestra fuerza moral para restaurar la seguridad interna y promovamos una verdadera cultura de paz entre nosotros. |